La madurez no llega cuando aprendes a gustarle a todo el mundo. Llega cuando entiendes que no le vas a gustar a todo el mundo y dejas de convertir eso en un problema.
Hay personas que te admirarán y personas que te juzgarán. Personas que hablarán bien de ti y personas que construirán una versión de ti que no existe. Lo curioso es que ninguna de ellas tendrá la capacidad de definir quién eres, a menos que les entregues ese poder.
Durante mucho tiempo vivimos como actores en un escenario invisible. Adaptamos opiniones, ocultamos partes de nosotros, callamos lo que pensamos y soportamos lo que nos hace daño por miedo a perder la aceptación de alguien.
Pero hay un precio muy alto en esa estrategia.
Cuando haces de la aprobación tu alimento, acabas pasando hambre cada vez que alguien deja de dártela.
Y entonces llega la vida, con esa forma tan peculiar que tiene de enseñar. Te decepciona. Te rechaza. Te deja fuera de lugares donde querías entrar. Te obliga a ver que algunas personas solo te querían mientras fueras quien ellas necesitaban que fueras.
Y aunque duele, ahí empieza la libertad. Porque descubres que perder personas no siempre significa perder amor. A veces significa recuperar identidad.
Descubres que hay puertas que se cierran porque ya no cabes en la versión pequeña de ti mismo. Descubres que la paz aparece cuando dejas de preguntarte quién te acepta y empiezas a preguntarte si tú te estás siendo fiel.
La mayoría de la gente teme quedarse sola. Yo creo que el verdadero peligro es pasar la vida rodeado de personas mientras te abandonas a ti mismo. Por eso ya no me preocupa gustar más. Me preocupa traicionarme menos.
Y desde que entendí eso, el rechazo dejó de parecer una tragedia. Ahora lo veo como un filtro. Porque quien necesita que renuncie a mí para quedarse, en realidad nunca estaba conmigo.

