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En una sociedad profundamente herida, lo que falta no son adultos con edad… sino adultos con alma.

Adultos que no se escondan detrás del silencio cuando algo duele.
Que no huyan ante una conversación incómoda.
Que no desaparezcan cuando el otro se rompe.

Adultos que no te quieran solo cuando estás feliz, productivo, funcional.
Sino cuando te arrastras, cuando lloras sin palabras, cuando lo único que puedes ofrecer es tu caos.

Porque madurez emocional no es tener la vida ordenada, ni saber citar frases sabias, ni llenar las redes de consejos.
Madurez emocional es quedarte cuando lo más fácil sería largarte.
Es decir “me equivoqué” sin añadir un “pero tú también…”.
Es sostener una herida sin tratar de taparla con promesas vacías.
Es dejar de interpretar tu vida desde el rol de víctima que busca consuelo o desde el de héroe que salva a todo el mundo menos a sí mismo.

Ser adulto emocionalmente es dejar de utilizar el amor como moneda de cambio.
Es dejar de pedir afecto a gritos disfrazados de control, celos o chantajes emocionales.
Es dejar de necesitar tener siempre la razón y empezar a tener corazón.

Pero vivimos en un mundo que confunde intensidad con amor,
dependencia con compromiso,
y miedo a perder con fidelidad.

Y así estamos: aplaudiendo vínculos donde se premia el sacrificio, donde se romantiza el dolor y se idealiza el «te aguanto aunque me destruya».

No, no es amor si te hace pequeño/a.
No es amor si te apaga la voz.
No es amor si te obliga a elegir entre tu dignidad y su presencia.

Ser adulto no es sostener lo insostenible.
Es tener el coraje de decir: aquí no me quedo, aunque te ame.
Es reconocer que amar no siempre es suficiente si no hay respeto, si no hay responsabilidad, si no hay presencia real.

Y salir del juego duele, sí.
Duele dejar de ser la víctima que al menos tenía consuelo.
Duele soltar el rol de salvador porque así te sentías útil.
Duele dejar de perseguir porque entonces te toca mirar hacia adentro.

Pero cuando lo haces, cuando eliges dejar los juegos…
Llega una verdad desgarradora:
Muchos de los que decían amarte, solo sabían jugar contigo.

Y entonces entiendes que lo más amoroso que puedes hacer por ti…
es irte.
Cerrar la puerta sin ruido.
No para castigar al otro, sino para salvarte tú.

Ser adulto emocionalmente es poder mirar al espejo sin disfraz.
Es poder estar contigo mismo sin miedo al silencio.
Es reconocer tus heridas y no usarlas como excusa para herir a otros.
Es no suplicar amor donde sólo hay vacío.

Y sí, ser adulto emocionalmente es solitario a veces.
Porque escasean los que se quitan la máscara, los que se atreven a amar sin condiciones, los que no se esconden tras el personaje.

Pero qué paz…
Qué libertad cuando dejas de interpretar el papel que todos esperan de ti.

Porque entonces, por fin, empiezas a ser tú.

Y eso, aunque duela, te devuelve a la vida.

Si te sientes atascado/a por un vinculo que no logras soltar y te tiene agarrado/a a su energía meses, años, podemos arreglar ese disparate emocional con una charla. Créeme, tu solo/a no lo puedes arreglar internamente.

“Sanar no es un mantra bonito ni un taller para pasar el rato: es cirugía sin anestesia sobre tus viejas excusas. Aprende a traducir el lenguaje de tu alma.
Si mientras leías sentiste que te estaban desnudando, ya sabes cuál es tu próximo movimiento. No esperes a que alguien te lleve de la mano.”

Rafa Navarro