Uno no sabe cuando la vida empieza a ir en serio —no puede saberlo, ni siquiera sospecharlo con certeza— en qué momento exacto se da cuenta de que la vida iba en serio. A veces es una enfermedad. Otras, una traición. En mi caso, fue la muerte de mi padre.
Y lo supe sin grandes gestos, sin escenas dramáticas: simplemente lo supe.
Durante años, tal vez toda la vida, creí —como muchos— que la muerte era solo una idea.
Algo abstracto. Algo que les sucedía a otros.
Y cuando no era una idea, era una noticia lejana, un dato con fecha y hora… pero sin cuerpo.
Hasta que dejó de serlo.
Cuando murió mi padre, también murió cierta forma de estar en el mundo.
Una manera de sentirse amparado.
De no ser del todo adulto.
De poder seguir mirando el paso del tiempo de reojo, sin enfrentarlo del todo.
Lo que murió, en parte, fue mi infancia —aunque ya quedara lejos—.
O más bien murió la posibilidad de seguir fingiendo que aún la tenía cerca.
Porque mientras un padre vive, una parte de uno sigue siendo hijo.
Y eso te salva, aunque no lo sepas. Aunque te quejes. Aunque discutas o te alejes.
Estar bajo su sombra es una forma silenciosa de protección.
Y de pronto, un día, esa sombra ya no está.
Estos doce años no han sido de llanto constante ni de tristeza uniforme.
Han sido de vértigos inesperados, de silencios raros, de intuiciones nuevas.
Como si alguien me lo susurrara en voz baja:
«Ahora todo es real. No hay ensayo. Cada cosa que haces, la haces por primera y última vez.
Lo que no dijiste, ya no lo dirás. Lo que no preguntaste, quedará sin respuesta.»
He comprendido —aunque no sé si del todo— que envejecer y morir no son metáforas ni amenazas.
Son lo que hay.
El único argumento y la única verdad absoluta.
Desde que se fue, cada gesto mío lleva su eco.
Y quizá en eso reside su permanencia.
Hay ausencias tan grandes que no caben en el dolor.
Solo en la conciencia.
Y ahora sé —con toda la serenidad que da el amor verdadero— que él era mi lugar seguro en el mundo.
Y que, de alguna forma, a día de hoy… lo sigue siendo.
Rafa Navarro
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