Vivimos rodeados de gente y, aun así, hay personas que llevan años sin encontrarse consigo mismas.
Thoreau hablaba de tres sillas. Yo creo que el problema de hoy es que hemos quitado una de ellas.
La de la soledad.
Nos han enseñado a llenarlo todo. La agenda, la casa, el móvil, las conversaciones. Parece que si hay silencio, hay que poner música. Si hay un hueco, hay que ocuparlo. Si aparece un vacío, hay que salir corriendo.
Y así terminamos confundiendo compañía con conexión.
La soledad no es un castigo. Es el lugar donde se cae el personaje que has construido para agradar a los demás. Es donde descubres qué partes de tu vida estaban sostenidas por costumbre y cuáles por verdad.
Después está la silla de la amistad.
No la de los cientos de contactos ni la de los mensajes de compromiso. Hablo de esas personas que pueden sentarse contigo sin intentar arreglarte. Las que no necesitan que seas brillante, fuerte o perfecto para quedarse.
Y, por último, la silla de la compañía.
La pareja, la familia, los encuentros, los proyectos compartidos. Pero esa silla solo sostiene de verdad cuando antes has aprendido a sentarte en la primera.
Quien no soporta estar solo acaba aceptando cualquier compañía.
Quien no sabe escucharse termina viviendo la vida que hace más ruido, no la que más sentido tiene.
Quizá el verdadero lujo ya no sea tener una casa más grande.
Quizá sea tener un lugar donde puedas sentarte contigo mismo sin sentir la necesidad de escapar.
Porque cuando aprendes a disfrutar de esa primera silla, las otras dos dejan de ser una necesidad y se convierten en una elección.
Y ahí empieza la libertad. No cuando alguien llega a tu vida, sino cuando ya no necesitas que nadie la sostenga por ti.
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