Cuéntame Cosicas

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Hambre de ser vistas. De ser elegidas. De ser suficientes.

Desde pequeñas desarrollan un radar emocional para captar cualquier signo de afecto.
Vuelven invisibles sus necesidades, sus límites, su dolor… solo para no ser abandonadas otra vez.
No por elección. Por instinto. Por supervivencia.

Viven con una herida abierta que no sangra, pero arde.
Una herida que susurra cada día:
«Tal vez si soy más comprensiva, me querrá…»
«Tal vez si me esfuerzo, si lo salvo, si lo cuido, si no molesto, si no me enfado… esta vez sí se quedará…»

Pero el problema nunca fue que no fueran suficientes.
El problema es que aprendieron que el amor duele.
Que el amor se gana.
Que el amor se suplica.

Y así, su corazón se convierte en un altar donde sacrifican su dignidad con la esperanza de ser aceptadas.
Dan demasiado. Se explican demasiado. Se disculpan demasiado.
Perdonan lo imperdonable con la esperanza de que algún día alguien elija quedarse… sin condiciones.
Pero ese “alguien” nunca es papá.
Y eso duele. Aunque no lo digan. Aunque no lo reconozcan.

La ausencia de un padre no solo deja un espacio en la foto familiar.
Deja espacios emocionales tan profundos que muchas mujeres intentan llenarlos con historias a medias.
Con amores a destiempo.
Con amistades desequilibradas.
Con relaciones que repiten el mismo abandono disfrazado de oportunidad.

Y aún así… se siguen llamando fuertes.
Se visten de independencia.
De «yo puedo sola».
De «no necesito a nadie».

Pero detrás de esa fuerza hay agotamiento.
Cansancio de tener que ser su propio sostén.
De no tener un lugar seguro donde derrumbarse sin ser juzgadas.
De haber aprendido que mostrar vulnerabilidad es debilidad… cuando en realidad es el camino a la libertad.

Y cuando por fin aparece alguien que las ama bien, con presencia, con cuidado…
algo dentro se asusta.
El cuerpo no sabe cómo relajarse.
El alma no reconoce la calma.
El sistema nervioso no confía en la estabilidad.

Entonces se cuestionan:
«¿Será real?»
«¿No querrá algo a cambio?»
«¿Y si me lastima también?»

Y muchas veces lo sabotean.
No por falta de amor, sino por exceso de miedo.
Porque el verdadero amor, el que no duele, no grita, no castiga,
es tan desconocido… que asusta más que la soledad.

Pero no están rotas.
Solo están cansadas de no haber sido protegidas.
Son mujeres que se criaron sin refugio, y aún así construyeron mundos con sus propias manos.
Son mujeres que aprendieron a ser madres de sí mismas,
mientras por dentro lloraban por ser abrazadas.

La sanación no llega el día que encuentran a un hombre que las ame perfecto.
Llega el día que se encuentran a ellas mismas en el espejo,
y en lugar de juzgarse, se abrazan.

El día que cierran los ojos, se imaginan con cinco años,
solas, en una habitación, esperando a papá…
y se acercan, se arrodillan frente a esa niña y le dicen:

«Ya no tienes que esperarlo más.»
«Ya no tienes que ganarte nada. No tienes que mendigar cariño. Eres suficiente. Eres valiosa. Eres amada.»

Ese día, algo dentro se libera.
La niña se calma.
La mujer se eleva.
Y el amor, por fin, deja de ser una búsqueda desesperada
para convertirse en una danza de verdad, de reciprocidad y de dignidad.

Porque cuando una mujer herida por la ausencia comienza a reconocerse y a sostenerse,
ya no ruega ser elegida…
se elige a sí misma.
Y desde ahí, desde ese lugar de amor propio profundo,
solo puede llegar a su vida aquello que no intente repetir el abandono,
sino honrar su valor.