Ayer tuve el privilegio de compartir una de las conferencias que más significado tiene para mí.
«Tu mejor versión no es perfecta, es verdadera.»
Cada vez que pronuncio ese título veo cómo cambian las caras. Porque durante demasiados años nos han vendido que mejorar consiste en parecerse a alguien que no somos. Más fuertes. Más positivos. Más exitosos. Más de todo.
Y ahí empieza el problema.
La mejor versión de una persona no nace cuando deja de equivocarse. Nace el día que deja de fingir.
Ayer hablamos de las heridas que escondemos, de las máscaras que aprendimos a llevar para que nos quisieran y del enorme cansancio que produce vivir interpretando un personaje.
No necesitamos ser perfectos para sentirnos valiosos.
Necesitamos atrevernos a ser auténticos.
Y cuando eso ocurre, desaparece una batalla que casi nadie sabe que está librando: la de intentar demostrar continuamente que merece ser querido.
Gracias al Centro de Mayores de Guadarrama por abrirme sus puertas y, sobre todo, gracias a todas las personas que estuvieron allí. No vi un auditorio. Vi vidas enteras con cicatrices, experiencias y una enorme capacidad para seguir creciendo.
Porque la edad nunca impide transformarse.
Lo único que lo impide es seguir creyendo que tienes que convertirte en alguien distinto para empezar a vivir.
Ayer no dimos una conferencia.
Ayer nos dimos permiso para ser un poco más verdaderos

